Hoy me regalé un verdadero placer. Bajé del camión muchas cuadras antes de lo que debía, para caminar por calles por las que no suelo transitar. Eso lo hago sobre todo cuando tengo antojo y no sé de qué, así compro una gusguera insospechada en el camino. Para mi sorpresa encontré a un viejito en una esquina vendiendo dulces típicos, como los que venden en Chapala, pero al levantar los ojos vi una paletería, de esas típicas mugrosas que huelen a fresas con crema de hace años, y sin poder resistir la tentación, compré una paleta de limón. Y qué emoción la mía al darme cuenta de que no era verde, ¡sino color limón! De ese tono blancusco, amarilloso y sucio del limón fresco y natural. Con mi paleta en mano y un poco de música caminé poco más de diez cuadras hasta mi destino, chupando, sorviendo y masticando mi hielito cuadrado al compás de Billy Joel. Y me puse a pensar ¿de dónde proviene nuestro amor por lo artificial?, ¿por los colores vegetales, el sabor grosella, las uñas postizas, el maquillaje y el suavitel?Me alegra sobremanera que haya una paletería en pleno barrio de Santa Tere, sobre Ramos Millán, casi con Herrera y Cairo, en donde brinden felicidad 100% natural por módicos $5 pesos.